NOTA BENE:

Revista Internacional del Colegio Profesional de Antropólogos de Lima. Sede: New York.


martes, 2 de octubre de 2018

ODIL


Carlos Alberto Saavedra


La recepción estaba en su agonía, con los invitados que poco a poco emprendían la retirada, mientras Ricardo, con la inspiración desbocada por la cerveza, cantaba casi con angustia, mirando a Ofelia con ojos que expresaban al mismo tiempo desolación y esperanza, estrujando la guitarra, ladeándose, como pidiéndole perdón por algún pecado que todos desconocíamos.

Esposa mía, tesoro mío
cuánto te quiero
yo siempre vivo enamorado
de tu alma buena
quiero rendirte este homenaje
con mi guitarra
en nombre de nuestras hijas
con mi más profundo amor.


Cantaba con esa su voz trémula, que había aprendido a modular gracias a los consejos de Rosita Alarco, en su época de integrante del Coro Universitario de San Marcos, mientras Ofelia sonreía de una manera extraña, dueña al parecer del secreto que tanto nos intrigaba, pues era obvio que algún problema había entre ellos; se percibía que para ella los versos eran una ironía antes que un reconocimiento a su alma buena o un homenaje con el más profundo amor, como repetía Ricardo al final de la canción.

-Seguro que este pendejo le ha sacado la vuelta a Ofelia y está queriendo que ella lo perdone cantándole esta canción –comentó Isidoro, su paisano y compañero de bohemia-, vas a ver que ahorita le canta ese vals de los Embajadores Criollos, ese que dice compañera mía, santa mujercita, siempre bondadosa…

Pero no fue así. Luego del prolongado y repetido con mi más profundo amor, Ricardo se dirigió a la cocina y se sentó en una esquina, como abatido, acaso esperando a alguien a quien confiarle sus penas.

-Compadrito –le dijo entonces, luego del canto, en esa suerte de catarsis que suele generar el exceso de trago- usted sabe que yo quiero a Fela, que realmente la amo, es mi esposa, la que espero me acompañe hasta mi último día en este mundo, porque las jodidas mujeres siempre se mueren después que nosotros; pero me estoy acordando de otra mujer, que fue muy importante en mi vida, hace muchos años, antes que Fela, y no sé por qué se me viene a la mente ahora. No sé por qué, y no creo que sea por el trago. Y me pone así, en ese plan de cojuda angustia, porque es como una infidelidad mental.


Usted sabe, alguna vez lo hemos comentado, por esta vaina del canto y la bohemia, las noches de peña con los amigos que aman la música, uno tiene oportunidades difíciles de rechazar. Uno se deja querer, tiene deslices pasajeros, siempre sin ninguna importancia, que no afectan tu relación matrimonial; pero después, cuando se le agarra camote a la hembrita, por el trato que te da, porque es jovencita y cariñosa, porque se te desparrama todita cuando le cantas una canción de Los Panchos,

Amorcito corazón
yo tengo tentación de un beso
que se prenda en el calor
de nuestro gran amor, mi amor...


O una de Favio,

Mi amiga, mi buena amiga
mi amante niña, mi compañera
quisiera contarle al mundo
lo que es tenerte la noche entera
y recorrer tus caminos
tu vientre fino, tu piel de seda
y el paisaje de tu pelo
sobre mi almohada y tu boca fresca
razón de mi vida, mi fe, toda mi alegría
molino en que gira mi ser
mi amor y mi vida.


Carajo si hasta a mí se me escarapela el cuerpo. Y terminas con un poema de Neruda, Me gustas cuando callas/ porque estás como ausente/ y me oyes desde lejos y mi voz no te toca/ Mariposa de sueño, te pareces a mi alma/ y te pareces a la palabra melancolía.

El poder de la poesía es increíble, especialmente cuando está bien dicha, y si le pones su toque de guitarra, tienes el plato servido, compadre, no hay mujer que se resista al encanto de la poesía y el canto; lo menos que te ganas es una sonrisa, y usted sabe que una sonrisa es como una ventanita que te abren. Lo demás es cuestión de ingenio y perseverancia. Pero cuando te encamotas con alguien, ahí te jodiste, ya eres infiel, y esas infidelidades me han perseguido siempre y me han jodido la vida, compadre.

Me estoy acordando ahora, y eso es lo que me ha puesto triste, de Odil, una hembrita que tuve en Chimbote, que se vino conmigo a Lima cuando terminamos la secundaria, con la que estuve desde que ambos teníamos trece años; nos juramos amor eterno, cortándonos los pulgares y uniendo nuestros dedos sangrantes, compadrito. Te quiero, Ricardo, mi Abelardo, me decía, en el colmo del arrobamiento, y yo le contestaba Te amo Odil, mi Eloísa. Para toda la vida, amor, que nada nos separe. Habíamos leído esa historia de amor y nos figurábamos que éramos ellos, pero con un final feliz.

Y éramos unos chibolitos, apenas entrando a la adolescencia, pero ya con nuestros cariñitos audaces, ya casi con todo, compadre. Yo era consentido en su casa, sus padres, sus hermanos me querían como alguien de la familia, pobrecito Ricardo, decían, es huerfanito, y nos daban rienda suelta para ir a todas partes, casi todo el día compadre, en un plan ya no tan santo, porque ya teníamos nuestras inquietudes sexuales. Parece mentira que eso haya ocurrido, pero ocurrió.

Nos vinimos a Lima en la Chinchaysuyo, en diciembre del sesenta y tantos, yo a estudiar en San Marcos y ella en la UNI, porque así lo habíamos acordado; ella era muy habilidosa con los números, le gustaban las ciencias, y yo más me inclinaba hacia los cursos de humanidades, y era un cero a la izquierda en matemáticas. Alquilamos dos cuartitos, de esos que abundaban cerca de la Plaza San Martín, en el jirón Carabaya, en un edificio viejo, yo al fondo, en el tercer piso, en un cuarto en el que apenas si entraba mi cama y un pequeño escritorio, y ella en el segundo piso, en una habitación igual de pequeña, que daba al patio.


Y allí vivimos nuestro amor; éramos la parejita engreída de la quinta, y eso duró más de un año, hasta que ocurrió lo que siempre ocurre: la interferencia de otra mujer, de esas que te sacan de quicio, que te acosan y persiguen hasta que logran lo que quieren, y después te dicen chau, si te vi no me acuerdo. Odil se enteró del desliz, y de la manera más burda: un día entró a mi cuarto muy de mañana, como hacía casi todos los días, para prepararme mi desayuno, y encontró el calzón de la fulana, que yo había retenido la noche anterior, borracho como estaba, en uno de esos arranques fetichistas que tiene uno.

Hizo un escándalo del carajo, y salió dando un portazo, vociferando que yo era un miserable y un traidor, como todos los chimbotanos patas saladas. Bueno, ella estudió en Chimbote, pero era de Corongo, de la sierra de Ancash, así que su insulto era explicable. Mis vecinos, otros estudiantes como yo, salieron a ver qué había pasado, que por qué tanto escándalo, pero nada, ella se retiró y eso fue todo. Nunca más quiso saber de mí, yo insistí en pedirle perdón cada vez que me cruzaba con ella, porque seguíamos siendo vecinos, iba a su universidad, la acosaba, hasta que me cuadró delante de todos los amigos. Si sigues haciéndome la vida imposible te voy a denunciar por acoso sexual, te voy a meter preso, tengo parientes en el Poder Judicial, me amenazó. Y cada vez que nos encontrábamos ni me miraba. Simplemente se le acabó el amor, o su orgullo fue más fuerte que sus sentimientos. Supongo que habrá sido así.

No la volví a ver. Miento, la vi después de más de treinta años, cuando yo ya estaba casado con Ofelia y teníamos cuatro hijas y tres nietos. Fue en Plaza Vea de Petit Thouars, yo estaba llevando la carretilla con las cosas que Fela compraba para la semana y de pronto sentí que alguien me estaba mirando con detenimiento, volteo y a quién veo, a una señora subida de peso, pero aún bien formada, que se me acerca, como dudando, me planta la mirada, de frente, y me dice Hola, Ricardo, ¿no te acuerdas de mí? Los años habían hecho lo suyo, pero la reconocí. Odil, qué gusto verte, estás igualita, le dije. Igualita a mi abuelita, replicó ella, con ese sentido del humor que desde siempre fue su forma de desdeñar los elogios gratuitos. ¿Qué fue de tu vida? Nunca más volví a saber de ti, continuó, casi sonriendo. Pero yo te busqué un montón de veces, hasta que…

Y no pude continuar porque Ofelia se estaba acercando y soltó un Hola, amor, ¿me presentas a tu amiga?, sin evitar la malicia en su pregunta, clavándole la mirada a Odil. Y antes que pudiera yo abrir la boca Odil dijo, Mil disculpas, creí que era alguien a quien conocía, y se retiró. Qué raro, me pareció ver que conversaban, dijo Fela. Sí, pero, no; se equivocó la señora. Supongo que tipos como yo hay por montones, amor, le dije, mirando la retirada de Odil. No, tú eres único, mi pequeño Richi, me retrucó Ofelia, con evidente ironía.

Cómo me hubiera gustado conversar con ella, saber de su vida, si se había casado, si tenía nietos, como yo, pero no se pudo. Y me quedé intrigado, vacío, pensando en lo que habría sido de mi vida si Odil no me hubiera dado el portazo. Evidentemente, tendría otra familia, Ofelia se habría casado con un profesor, con un abogado, o con otro fulano del Coro, porque había más de uno que la pretendía; no habría Mónica, ni Paola, ni Denisse, ni Fabiola, mis cuatro hijitas, ni los seis nietos que ahora tengo, lo cual sería una pena, pero… Esa noche no pude dormir, compadre, me desperté llorando. Y Ofelia que me pregunta, ¿Has tenido alguna pesadilla, amor? Porque te pasaste la noche gimoteando. Soñé con mi viejo, amor, con mi viejito, le dije, y me fui a trabajar, aún pensando en Odil.

El relato de Ricardo se le quedó grabado, y tuvo que pasar mucho tiempo para dejar de pensar en él, lo veía como un buen material para escribir alguna historia de amor con final infeliz, de esas que tanto abundan en la vida real y que no sirven para telenovelas, pero todo quedó en nada.
Tuvieron que pasar cerca de diez años para que Odil volviera a sus conversas, una de esas noches en las que la tertulia sobre San Marcos y Chimbote los tenía hasta la medianoche charlando, recordando a Charles Uculmana, Carlitos Méndez y Modesto Pajares, ya fallecidos; a los amigos de Miramar y del San Pedro, a Chop Chop Salcedo, que se hizo famoso porque antes de cumplir los 20 cometió un desfalco de más de un millón de soles a la Backus; a Zamora, que cuando cantaba los boleros de Lucho Gatica se olvidaba que era tartamudo; acordándose del Chivo Chávez de Paz, que prometía tanto y que nació y murió literariamente con el librito que escribió sobre la Casa Verde de Vargas Llosa; del Cholo Toledo, que sin haber sido un alumno destacado, y gracias a la generosidad de unos gringos del Cuerpo de Paz, que se lo llevaron a los Estados Unidos, volvió con ese su hablar engolado y llegó a la presidencia de la república; en fin, y Ricardo ufanándose de haberse tirado a casi tantas mujeres como Julio Iglesias, gracias al canto, compadrito. El arte no te hace rico, pero te hace la vida rica, decía cínicamente.



-¿Se acuerda usted de Odil? –le preguntó, cuando estaba seguro de que Fela dormitaba en su cuarto viendo su telenovela brasilera.

-Por supuesto, compadrito, fue mi primer amor, y eso nunca se olvida, aunque, claro, Ofelia es la mujer de mi vida. Pero siempre quisiera saber qué fue de ella, de Odil, porque, qué coincidencia con su pregunta, últimamente se está apareciendo en mis sueños. Es que terminamos mal, y nuestro amor fue una cosa muy linda. Nos juramos amor eterno. Fue un juramento de sangre, como en las películas, compadre.

-Sí, pues, como dijo algún gracioso muy seriamente, el amor es eterno, hasta que se acaba. Fue su culpa, compadre.

-Sí, fue mi culpa, pero más que mi culpa, la del animal infiel que llevamos adentro, compadre; somos muy débiles y la tentación está a la vuelta de la esquina, a veces en la casa de al lado. Bueno, pero yendo al tema, ahora que hay esa vaina de internet, Facebook y los buscapersonas, compadre, ¿no habrá una forma de encontrar a Odil? Yo le doy sus apellidos y a ver si la encuentra, compadrito. Me gustaría hablar con ella, sólo hablar; trate, compadre.


La indagación fue infructuosa.

Una semana después tuvo que viajar a los Estados Unidos, a pasar el tiempo necesario para mantener la residencia, y, como todos los días, revisaba allí la edición digital de El Comercio, en cuyo obituario no era raro encontrar el nombre de algún conocido. Y le llamó la atención la nota fúnebre, más aún porque se le presentó sin buscarla, como una noticia presentada en flash.

DEFUNCION.

La hija, hermano, cuñados, sobrinos y demás familiares de quien en vida fuera la Sra.

ODILY SOTOMAYOR YZAGUIRRE

Cumplen con el penoso deber de comunicar su sensible fallecimiento, acaecido en esta ciudad el día 24 del presente. Su sepelio se realizará hoy a las 4:30 PM en el Cementerio Jardines de la Paz de La Molina, partiendo a las 4:00 PM del Velatorio de la Parroquia de la Virgen de la Reconciliación, Urbanización Camacho, La Molina, donde sus restos están siendo velados.
La Familia agradece a todas aquellas personas que de una u otra manera hagan llegar sus condolencias.
Lima, etc, etc.

No era Odil sino Odily, pero no podía ser otra que ella. Con el nombre correctamente escrito indagó otra vez en el buscador y encontró una empresa que tenía precisamente a Odily Sotomayor Yzaguirre como la Presidenta de su Directorio. Se indicaba también la dirección y el teléfono. Esa misma noche le envió un e-mail a Ricardo, adjuntándole la nota necrológica con los datos de la empresa.

Poco después recibió un mensaje de Ricardo, que decía:

Gracias, compadre, por haberme ayudado a encontrarla, aunque no pude despedirme de ella. Gracias a los datos que me envió pude comunicarme con su hermano, quien me dijo que Odil estaba muy bien hasta hace tres meses, cuando le sobrevino un dolor de cabeza muy fuerte. La llevaron a practicarle unos exámenes y resultó que era un tumor canceroso ya avanzado. La sometieron de inmediato a tratamiento intensivo, a quimioterapia, a radioterapia, pero cada vez los dolores eran más agudos e iba perdiendo la conciencia gradualmente. Me dijo que una semana antes de morir preguntó a todos los que estaban en su habitación si sabían algo de mí. ¿Saben algo de Ricardo? fueron sus palabras, casi sus últimas palabras. Me dijo que sí, que se acordaba de mí, cómo no me voy a acordar de ti, si eras caserito en la familia, todos los días con Odi, estudiando juntos, yendo a la playa juntos, y yo, a veces como un perro guardián, pero se me escabullían. Ustedes eran la pareja perfecta, tan amorosos, nunca entendí por qué terminaron, y Odi nunca nos dio ninguna explicación, insistió. Sacando cuentas, compadre, ese fue el mismo día en que estuvimos conversando de ella y yo le pedí que la busque en internet porque quería conversar con ella. Hoy me siento desolado, siento que una parte importante de mi vida ha muerto con ella. Lloro en silencio, encerrado aquí en el cuartito de cómputo y no le puedo decir nada a Ofelia, porque no entendería. Cómo quisiera tenerlo a mi lado para poder abrazarlo y compartir con usted mi pena.

Muchas gracias por todo.

Ricardo.



POST SCRIPTUM
Transcurrido un año del deceso de Odil recibí una llamada de Ricardo, urgiéndome a que me acercara a su casa, con vestimenta formal, por favor, compadre, porque hoy se va a oficiar la misa del año. Es a las siete de la noche en la Iglesia de la Reconciliación, en Camacho, y a mí no me gusta conducir de noche, usted sabe, ya me está fallando la vista, y además quiero que me acompañe, no vaya a ser que me traicionen los nervios, compadrito.
Un año, quién lo diría. En ese lapso había frecuentado a mis compadres y sido testigo de la gradual recomposición de su matrimonio, ahora en paz y ya resignados a vivir una apacible vejez, soportándose más cortés que cariñosamente, y hasta dándose el trato afectuoso-meloso de antes, aunque con las líneas divisorias claramente marcadas a la hora del sueño, en lo que Ofelia no dio un paso atrás. Ricardo se había retirado de toda actividad profesional y ayudaba a Ofelia en las compras en las tiendas Wong y los quehaceres hogareños, aunque sin extremar; nada de lavar los platos, ni ir al mercado, por ejemplo. Era, además, un abuelo engreidor, que jugaba fulbito con sus nietos, se preocupaba por la salud del gato, le racionaba sus alimentos, cambiaba la arena donde eliminaba sus excretas, pasaba sus días navegando en internet y leyendo la revista Condorito, para amenizar sus matutinas sesiones intestinales.
Accedí a su requerimiento, y a las seis de la tarde estaba en su departamento, bien al terno gris, para acompañarlo a la misa de honras en memoria de Odil.

–Qué bien que has venido, compadrito –me dijo Ofelia en un momento en que estábamos a solas–, porque acá tu compadre estaba todo nervioso, no sabía si ir o no ir a la misa. ¿Qué creerá, que me voy a poner celosa de sus recuerdos? Solo a él se le ocurre eso. ¡Cómo puede creer que me voy a poner celosa de una muerta! Pobrecita, que en paz descanse. Pero me cuentas cómo fue todo, por favor, compadrito; tú sabes, siempre es bueno estar enterada.
–Claro, no te preocupes. Vamos a ver, porque yo también tengo curiosidad por ver lo que pasa. 
Al rato Ricardo se apareció vestido con un terno oscuro y corbata azul, lo que motivó el agrio comentario de Ofelia.
–Vas a parecer el principal de los deudos; no seas tan extremista, ponte algo más claro, ¿o es que te sientes medio viudo?

Llegamos al templo media hora antes de la hora señalada, así que hicimos tiempo en uno de los ambientes aledaños, donde había mesas y sillas, se supone que para que los parroquianos pudieran departir antes de asistir a la misa. 
–Quién diría, compadre, ya ha pasado un año desde que se fue Odil. Parece mentira. Y todavía hay cosas que no me dejan tranquilo. Tenía un poco de temor de venir porque uno no sabe con quién se puede encontrar, así que gracias por acompañarme. 
–No hay de qué, compadre. La verdad es que he oído tanto de Odil y su familia, que estoy más que interesado en conocerlos. 
–Bueno, vamos, creo que ya va a comenzar.
En el curso de la eucaristía, el sacerdote se refirió encomiásticamente a Odil, dijo que había tenido el privilegio de ser su amigo desde que ambos eran jóvenes, que ella fue testigo de su ordenación como sacerdote, que era colaboradora permanente de la parroquia y que nunca había conocido a alguien que llevara una vida tan basada en los principios cristianos, en la solidaridad y en el amor al prójimo, ni tan comprometida con los pobres y los desvalidos. Ella, nuestra querida Odil, que estoy seguro todos ustedes recuerdan con amor, era una mujer de recursos, pero a diferencia de otros, que utilizan esos recursos para llevar una vida llena de lujos y dispendios, ella era una persona de costumbres austeras y contribuía generosamente a financiar las obras de bien social que esta parroquia hace en favor de los sectores de este distrito afectados por la pobreza, a los que ella siempre visitaba. Porque en La Molina también existe gente menesterosa, que requiere del apoyo de quienes pueden compartir su bonanza y hacer caridad cristiana, como lo hizo Odil durante tantos años. Desde aquí te digo, Odily, mi querida Odil, u Odi, como le decíamos muy cariñosamente, ahora que estás gozando de la gracia del Señor, que siempre estarás en nuestros corazones, porque tu obra será recordada siempre. Les pido, de todo corazón, queridos hermanos, que siempre recen por ella y, sobre todo, que sigan su piadoso ejemplo. 
Las palabras del sacerdote conmovieron a los asistentes, entre ellos a Ricardo, a quien sorprendí enjugándose unas lágrimas.

Al concluir la misa, se nos acercó Leónidas, el hermano de Odil, y nos invitó a su casa, donde se ofrecería una recepción a los paisanos. 
Cuando llegamos, todos los ambientes estaban abarrotados de parientes y amigos, conversando animadamente, bebiendo algo y a la espera de los platos cuyos aromas llegaban desde la cocina. En la puerta estaban Leo y su sobrina Ercilia, la hija de Odil, quien saludó a Ricardo con un frío Cómo está, señor, gracias por venir, retirándose de inmediato. 
–Gracias, por acompañarnos, hermano –le dijo Leónidas, más cálidamente, estrechándolo entre sus brazos–; no me imaginé que vendría tanta gente, voy a ver si consigo un par de sillas para ustedes. 
–No te preocupes, Leo, así estamos bien; además no nos podemos quedar mucho tiempo, porque tengo que recoger a mi esposa en Miraflores, tú sabes.
–Bueno, pero siquiera sírvanse un platito. Hemos preparado cuy chactado al estilo de la tierra, con su ajiaco, que seguro hace tiempo no comen. No se lo pierdan. Ah, me olvidaba, por ahí está la Sole, quien me ha dicho que quiere saludarte, Ricardo, para recordar los viejos tiempos. ¿Te acuerdas de ella, no? Está en la terraza, con las amigas de Odil, que han venido de Chimbote. 
–Gracias, Leo, sí la recuerdo; luego me acerco a saludarla. 
Cuando Ricardo escuchó la mención a la Sole me hizo una señal, que la entendí como una indicación para desaparecernos al instante. Imaginé la razón de su apremio. No podía ser otra.
Ya de regreso a su casa noté que seguía conmovido, pero, contra su costumbre, guardó silencio durante todo el trayecto. Se había vuelto un hombre lacónico. Solo rompió su mutismo para decir: 
–Creo que sé lo que me quería decir Odil, compadre.
–¿Sí?
–Sí, compadrito –y me abrazó fuertemente.


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East Elmhurst, New York, United States

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